29 septiembre 2005
Comentario al Blog de Vidal-Quadras
Alejo tiene toda la razón en su exposición sobre la más que probable aprobación del Estatuto de Automomía de Cataluña. No creo que haya que detenerse demasiado en desemascarar políticas de corte no racional, sino pasional, que aluden a los sentimientos y hacen referencias telúricas para defender sus ambiciones de poder en vez de aludir a los derechos fundamentales del individuo. La exposición es brillante, tal y cómo nos tiene acostumbrados Vidal-Quadras. Coincido plenamente. Pero hacen falta soluciones que vayan a la raiz del asunto. Porque si bien es un grave problema que existan en diversas Comunidades Autónomas fuerzas políticas de carácter centrífugo que amenazan la conviviencia, todavía es mucho más grave, mucho más transcendental, que dichas fuerzas tengan al gobierno de la nación (o al Parlamento del que depende el gobierno) absolutamente amedrentado y coacionado. Es el colmo de los despropósitos que el gobierno de España dependa de quienes abominan de la idea de España. Es simplemente inadmisible. Pero yo quisiera oir soluciones que partan de otra base que no sea la de que hay que volver al espíritu constitucional. Hay dos formas de redactar una constitución: la que propone el sistema de la responsabilidad, es decir, aquella que hace depender de la responsabilidad de los gobernantes el buen desarrollo de una nación y el sistema garantista, que, por un acertado realismo antropológico, el mismo en el que se basó Montesquieu para defender la división de poderes, propone confeccionar un sistema político de tal suerte que, aunque hubiera irresponsabilidad por parte de los gobernantes, el sistema no permitiría descarrilar. No creo necesario en este pequeño texto escrito demasiado deprisa detenerme a dar mi opinión con respecto a la transición española. Tan sólo diré que no me parece tan perfecta como acostumbro a oir que fue, entre otras razones, porque el problema que estamos tratando se pudo prever. En todo caso, hoy todavía podemos acudir al sistema garantista para reforzar nuestro sistema basado en la responsabilidad (la de ZP, la de Maragall y la de Rovira). Reformemos la ley electoral para que el gobierno de España dependa de quienes creen en ella como proyecto común, que podrá ser socialdemócrata, liberal, conservador, etc, pero que sea español y se base en los derechos universales, nunca en la bandera ni en la lengua ni en el RH. No creo que exista otra solución. A cortísimo plazo, contener con imprescindibles manifestaciones lo que probablemente sea el acto político más nefasto para España de los últimos 25 años junto al 23-F. A medio plazo, promover la reforma de la ley electoral, porque quizá se pueda salvar este primer envite, pero mucho me temo que no podremos con los siguientes.
21 septiembre 2005
Club de las Democracias (comentario al Blog de Gustavo de Arístegui)
Apreciado Gustavo:
Comienzo de esta forma porque me parece realmente apreciable, por ilustrativo y enriquecedor, tu blog. Aludo directa y rápidamente al artículo en el que sugieres una reforma de la ONU:
Es un aspecto que me parece fundamental. A corto plazo, para eliminar de alguna forma la polarización, podría establecerse el sistema de doble veto negativo, e incluso contemplar la posibilidad de ampliar el Consejo de Seguridad a las naciones que se erigen como potencias. Todo ello como estadio intermedio hasta convertir Naciones Unidas en una organización democrática, utopía tan necesaria como lejana en el tiempo, porque tal y cómo comentas, esta premisa no está siquiera de manera presencial en la Cumbre del milenio. Por eso creo que hay que ir más allá. Tanto como tú sugieres, pero más deprisa. La transversalidad es un concepto que aquí podemos utilizar. Enma Bonino y su Partido Radical Transnacional propusieron crear un club de las democracias en noviembre de 2002, propuesta respaldada el reciente 19 de septiembre de 2005 por la petición, junto a varias ONG´s, de consolidar el Consejo de Derechos Humanos como una institución con cierta credibilidad, para dar un paso más hacia la constitución de dicho club. Sería importante hacer una campaña internacional, no sólo con el objetivo de conseguirlo en el menor plazo posible, sino incluso por higiene mental y democrática. En un mundo como el que vivimos, sólo hace falta ver el informe de Amnistía Internacional para ver hasta qué punto existen gobiernos que violan cotidianamente los derechos más fundamentales del indivuduo. Creo que hay que sublevarse contra ello, aunque sea diciendo que no estamos de acuerdo y que mientras se reforma la ONU, aspecto que se dilatará en el tiempo porque los países violadores constituyen mayoría en el seno de la Asamblea General, sería necesario crear un lobby democrático al cual no pueda acceder ningún país que incumpla los derechos fundamentales y que pueda ser expulsado si, habiéndose convertido en miembro, comienza a incumplirlos. Para su gobierno, al margen de que se debería estudiar este asunto con profundidad, se crearía una comisión formada por los países firmantes y alguna ONG de prestigio y se establecería un sistema de sanciones y bonificaciones.
Creo que una solución de este tipo encontraría muchos apoyos internacionales y pondría las cosas en su sitio. Pues es muy fácil hablar de alianzas entre pueblos, mientras son estos masacrados por sus propios gobiernos. Como ciudadano cosmopolita, no quiero establecer alianzas con quienes maltratan a sus gentes, robándoles lo que les corresponde y negándoles en muchos casos la vida, la libertad y la igualdad de oportunidades.
Un saludo y, de nuevo, mis felicitaciones por tu blog.
Lorenzo Abadía (www.lorenzoabadia.net)
Comienzo de esta forma porque me parece realmente apreciable, por ilustrativo y enriquecedor, tu blog. Aludo directa y rápidamente al artículo en el que sugieres una reforma de la ONU:
Es un aspecto que me parece fundamental. A corto plazo, para eliminar de alguna forma la polarización, podría establecerse el sistema de doble veto negativo, e incluso contemplar la posibilidad de ampliar el Consejo de Seguridad a las naciones que se erigen como potencias. Todo ello como estadio intermedio hasta convertir Naciones Unidas en una organización democrática, utopía tan necesaria como lejana en el tiempo, porque tal y cómo comentas, esta premisa no está siquiera de manera presencial en la Cumbre del milenio. Por eso creo que hay que ir más allá. Tanto como tú sugieres, pero más deprisa. La transversalidad es un concepto que aquí podemos utilizar. Enma Bonino y su Partido Radical Transnacional propusieron crear un club de las democracias en noviembre de 2002, propuesta respaldada el reciente 19 de septiembre de 2005 por la petición, junto a varias ONG´s, de consolidar el Consejo de Derechos Humanos como una institución con cierta credibilidad, para dar un paso más hacia la constitución de dicho club. Sería importante hacer una campaña internacional, no sólo con el objetivo de conseguirlo en el menor plazo posible, sino incluso por higiene mental y democrática. En un mundo como el que vivimos, sólo hace falta ver el informe de Amnistía Internacional para ver hasta qué punto existen gobiernos que violan cotidianamente los derechos más fundamentales del indivuduo. Creo que hay que sublevarse contra ello, aunque sea diciendo que no estamos de acuerdo y que mientras se reforma la ONU, aspecto que se dilatará en el tiempo porque los países violadores constituyen mayoría en el seno de la Asamblea General, sería necesario crear un lobby democrático al cual no pueda acceder ningún país que incumpla los derechos fundamentales y que pueda ser expulsado si, habiéndose convertido en miembro, comienza a incumplirlos. Para su gobierno, al margen de que se debería estudiar este asunto con profundidad, se crearía una comisión formada por los países firmantes y alguna ONG de prestigio y se establecería un sistema de sanciones y bonificaciones.
Creo que una solución de este tipo encontraría muchos apoyos internacionales y pondría las cosas en su sitio. Pues es muy fácil hablar de alianzas entre pueblos, mientras son estos masacrados por sus propios gobiernos. Como ciudadano cosmopolita, no quiero establecer alianzas con quienes maltratan a sus gentes, robándoles lo que les corresponde y negándoles en muchos casos la vida, la libertad y la igualdad de oportunidades.
Un saludo y, de nuevo, mis felicitaciones por tu blog.
Lorenzo Abadía (www.lorenzoabadia.net)
17 septiembre 2005
Libre Comercio en Naciones Unidas
"Nosotros sólo pedimos reglas justas que tengan en cuenta nuestras necesidades de desarrollo y que nos permitan participar plenamente en el sistema de comercio."
Nathan Irumba, embajador de Uganda, Ginebra, 11 de abril de 2002
Fue así. Un gobierno conservador, con la ayuda de un Papa conservador contribuyó definitivamente a eliminar el sistema político más liberticida que todavía existía. Añadamos el hecho de que anteriormente había llegado a un pacto con el mismo imperio soviético para eliminar la proliferación de armas nucleares y así librarnos de una amenaza contra la humanidad en su totalidad, en un alarde de pacifismo realista. Y resulta, que vuelve a ser un gobierno conservador, quien propone la política social más importante en los últimos 20 años, es decir la liberalización del comercio mundial. Aquello que desde hace varios años propone en su informe Intermon-Oxfam, ONG jesuita. Este informe pone de manifiesto que si África, el este y el sur de Asia, y América Latina vieran incrementada en un 1% respectivamente su participación en las exportaciones mundiales, el aumento resultante de sus ingresos podría liberar a 128 millones de personas de la pobreza. Y lo que es igual de significativo, que lo que las barreras al libre comercio suponen en términos económicos negativos para el Tercer Mundo (100.000 millones de dólares anuales), es el doble de lo que reciben en concepto de ayuda.
Verde y con asas, todos lo sabemos y nadie pone remedio, al menos hasta ahora. Insisto, las ayudas que en concepto de limosna el mundo desarrollado ofrece a los países en vías de desarrollo o subdesarrollados, suponen en términos económicos la mitad de los que les quita aplicando los aranceles aduaneros, que hacen que sus productos sean inaccesibles a nuestros mercados y no generen los correspondientes ingresos en su balanza de pagos. Además, estos ingresos, si llegasen a producirse, irían directamente a incrementar la riqueza nacional de los países beneficiarios, pues no se perderían en burocracias cleptocráticas, como demuestra la familia Annan, ni se invertirían en armamento o propaganda. Irían exclusivamente a la sociedad civil, que lucha contra todos los elementos en esas latitudes por su propia razón de ser. Nadie piense que en este artículo se aboga por la supresión de las ayudas directas. La miseria y las condiciones de vida de millones de personas de muchos países requiere esfuerzos en todas las direcciones. Hay que incrementarla sustancialmente, aunque se conozca el pequeño porcentaje de la misma que cumple su objetivo de llegar en forma de alimentos, medicamentos o bienes de primera necesidad a la población. Aspecto francamente difícil de cambiar mientras los países receptores sigan siendo dirigidos por gobiernos no democráticos.
Creo que Bush ha puesto sobre la mesa de Naciones Unidas toda una propuesta, sin duda la más importante que se ha planteado en la ONU desde hace mucho tiempo. A su lado, la poesía de la Alianza de Civilizaciones, que ha recibido muy pocos apoyos estos días, suena a lo que realmente es, un brindis al sol. Empezaba el artículo diciendo que fue así, porque la repercusión en los medios de comunicación en España ha sido escasísima. Es evidente que el antiamericanismo constituye simbióticamente parte de la hegemonía política de este país. Pero hay ocasiones que incluso sorprende. A Bush se le podrán achacar muchas cosas, pero cuando acierta – y acierta muchas más veces de las que aquí nos cuentan- hay que reconocerlo. Toda acción política de calado comienza por la realización de declaraciones que sirven para ir creando el clima adecuado. Ojala que las bonanzas del clima de la liberalización se dejen ver pronto.
Fue así. Un gobierno conservador, con la ayuda de un Papa conservador contribuyó definitivamente a eliminar el sistema político más liberticida que todavía existía. Añadamos el hecho de que anteriormente había llegado a un pacto con el mismo imperio soviético para eliminar la proliferación de armas nucleares y así librarnos de una amenaza contra la humanidad en su totalidad, en un alarde de pacifismo realista. Y resulta, que vuelve a ser un gobierno conservador, quien propone la política social más importante en los últimos 20 años, es decir la liberalización del comercio mundial. Aquello que desde hace varios años propone en su informe Intermon-Oxfam, ONG jesuita. Este informe pone de manifiesto que si África, el este y el sur de Asia, y América Latina vieran incrementada en un 1% respectivamente su participación en las exportaciones mundiales, el aumento resultante de sus ingresos podría liberar a 128 millones de personas de la pobreza. Y lo que es igual de significativo, que lo que las barreras al libre comercio suponen en términos económicos negativos para el Tercer Mundo (100.000 millones de dólares anuales), es el doble de lo que reciben en concepto de ayuda.
Verde y con asas, todos lo sabemos y nadie pone remedio, al menos hasta ahora. Insisto, las ayudas que en concepto de limosna el mundo desarrollado ofrece a los países en vías de desarrollo o subdesarrollados, suponen en términos económicos la mitad de los que les quita aplicando los aranceles aduaneros, que hacen que sus productos sean inaccesibles a nuestros mercados y no generen los correspondientes ingresos en su balanza de pagos. Además, estos ingresos, si llegasen a producirse, irían directamente a incrementar la riqueza nacional de los países beneficiarios, pues no se perderían en burocracias cleptocráticas, como demuestra la familia Annan, ni se invertirían en armamento o propaganda. Irían exclusivamente a la sociedad civil, que lucha contra todos los elementos en esas latitudes por su propia razón de ser. Nadie piense que en este artículo se aboga por la supresión de las ayudas directas. La miseria y las condiciones de vida de millones de personas de muchos países requiere esfuerzos en todas las direcciones. Hay que incrementarla sustancialmente, aunque se conozca el pequeño porcentaje de la misma que cumple su objetivo de llegar en forma de alimentos, medicamentos o bienes de primera necesidad a la población. Aspecto francamente difícil de cambiar mientras los países receptores sigan siendo dirigidos por gobiernos no democráticos.
Creo que Bush ha puesto sobre la mesa de Naciones Unidas toda una propuesta, sin duda la más importante que se ha planteado en la ONU desde hace mucho tiempo. A su lado, la poesía de la Alianza de Civilizaciones, que ha recibido muy pocos apoyos estos días, suena a lo que realmente es, un brindis al sol. Empezaba el artículo diciendo que fue así, porque la repercusión en los medios de comunicación en España ha sido escasísima. Es evidente que el antiamericanismo constituye simbióticamente parte de la hegemonía política de este país. Pero hay ocasiones que incluso sorprende. A Bush se le podrán achacar muchas cosas, pero cuando acierta – y acierta muchas más veces de las que aquí nos cuentan- hay que reconocerlo. Toda acción política de calado comienza por la realización de declaraciones que sirven para ir creando el clima adecuado. Ojala que las bonanzas del clima de la liberalización se dejen ver pronto.
16 septiembre 2005
¿De qué se habla en otros países?
En el debate televisivo entre Angela Merkel y Gerhard Schroeder se ha hablado, básicamente, de economía. En concreto, han sido los temas fiscales y laborales los que han presidido la convocatoria en abierto. La campaña electoral ha tenido a la economía, la investigación para crear una sociedad de vanguardia y el bienestar ciudadano los puntos estrella de estos comicios tan importantes para Alemania. Al leer la prensa europea, al margen de las alusiones a la globalización y la política internacional, se observa cómo las portadas y las primeras páginas tratan aspectos de gran importancia y transcendecia para sus respectivas sociedades y que por lo tanto afectan directamente a los intereses de sus ciudadanos. Sea, el I+D+I, la capacidad para generar emprendedores, el papel y la magnitud de la Administración Pública en el Estado, la vitalidad de la sociedad civil, la calidad de vida comparada con la de los países del entorno, la proyección del sistema educativo y su propia calidad…. El lector puede percibir la preocupación por vincular al ciudadano con el arte y la vanguardia, la de generar dinámicas de asociación entre las libertades y la creatividad que genera progreso, la de establecer políticas que creen empleo, etc, etc.
De nuevo, no es el caso de España. Revisando la prensa nacional se contempla con estupefacción cómo se han vertido sobre el papel que administra la información auténticos ríos de tinta en un aspecto que, analizado racionalmente, no supone un incremento en la calidad de vida de los ciudadanos. Me refiero a las pretensiones de los gobiernos autonómicos de conseguir el mayor poder posible. La descentralización de la administración es un aspecto cuya conquista se estableció como mínimo hace dos siglos, es decir, que a nadie se le escapan sus antiguas buenas intenciones y sus óptimos resultados. Sin embargo, creo que en España hemos perdido el norte. Porque estamos hablando del poder, no de descentralización. Poder, que en unos casos pretende satisfacer conceptualizaciones neofeudales y en otros, simplemente el objetivo final de independencia, aspecto que sinceramente, no puedo creer que no se supiera, no digo intuyera, digo, literalmente, supiera a ciencia cierta, desde hace por lo menos quince años. La más superficial introducción al nacionalismo como ideología permite acceder a la comprensión de su único objetivo: el establecimiento de un Estado allá donde se considera que existe una nación.
La situación ha llegado a un punto donde solamente permite hablar de cómo será España dentro de unos años, si Aragón será la única unión nacional con Francia o si Finisterre dejará de ser nuestro punto geográfico peninsular más occidental. Una sociedad no puede vivir en esta permanente lucha contra las fuerzas centrífugas que hacen cuestionar su existencia y su razón de ser cada día que pasa. Se lastima la ilusión, se diluyen las energías, se demoran los proyectos sociales y se pierde el tiempo miserablemente. España corre el grave riesgo de desintegrarse como nación y mientras tanto, en su lucha por la superviviencia habrá dejado pasar trenes llenos de progreso, libertad y prosperidad. Es necesario un pacto de Estado, con una única fórmula: la reforma de la ley electoral que permita gobernar a la lista más votada. Lo exige la libertad política, la higiene democrática y una cantidad cada vez menos desdeñable de españoles.
De nuevo, no es el caso de España. Revisando la prensa nacional se contempla con estupefacción cómo se han vertido sobre el papel que administra la información auténticos ríos de tinta en un aspecto que, analizado racionalmente, no supone un incremento en la calidad de vida de los ciudadanos. Me refiero a las pretensiones de los gobiernos autonómicos de conseguir el mayor poder posible. La descentralización de la administración es un aspecto cuya conquista se estableció como mínimo hace dos siglos, es decir, que a nadie se le escapan sus antiguas buenas intenciones y sus óptimos resultados. Sin embargo, creo que en España hemos perdido el norte. Porque estamos hablando del poder, no de descentralización. Poder, que en unos casos pretende satisfacer conceptualizaciones neofeudales y en otros, simplemente el objetivo final de independencia, aspecto que sinceramente, no puedo creer que no se supiera, no digo intuyera, digo, literalmente, supiera a ciencia cierta, desde hace por lo menos quince años. La más superficial introducción al nacionalismo como ideología permite acceder a la comprensión de su único objetivo: el establecimiento de un Estado allá donde se considera que existe una nación.
La situación ha llegado a un punto donde solamente permite hablar de cómo será España dentro de unos años, si Aragón será la única unión nacional con Francia o si Finisterre dejará de ser nuestro punto geográfico peninsular más occidental. Una sociedad no puede vivir en esta permanente lucha contra las fuerzas centrífugas que hacen cuestionar su existencia y su razón de ser cada día que pasa. Se lastima la ilusión, se diluyen las energías, se demoran los proyectos sociales y se pierde el tiempo miserablemente. España corre el grave riesgo de desintegrarse como nación y mientras tanto, en su lucha por la superviviencia habrá dejado pasar trenes llenos de progreso, libertad y prosperidad. Es necesario un pacto de Estado, con una única fórmula: la reforma de la ley electoral que permita gobernar a la lista más votada. Lo exige la libertad política, la higiene democrática y una cantidad cada vez menos desdeñable de españoles.
11 septiembre 2005
Yo también quiero una camiseta anticastrista
Juventudes Liberales, la web liberal más activa y atractiva de España, en una de sus múltiples iniciativas pone a la venta camisetas con el mensaje "Cuba no es Libre". Todo movimiento anticastrista es, por definición democrática, digno de encomio. El régimen del tirano Castro -Ay, el Padre Mariana y su "De rege et de regis institutione" (1599), cómo refrescaría la isla- arrestó de nuevo a más disidentes el 13 y el 22 de julio. La mayoría de ellos permanecen detenidos desde entonces y se encuentran hacinados en pésimas condiciones. Su delito fue simplemente tratar de ejercer el derecho a la manifestación pacífica contra el régimen que, como cubanos, les ha quitado la libertad y les ha arrebatado la vida. Ojalá que fueramos todos por un tiempo Juventudes Liberales. Ojalá, que como ellos, dedicáramos tiempo, esfuerzo y dinero a una causa tan digna, la más digna por la que hoy se puede luchar en América. Sí, yo también quiero una camiseta anticastrista (o cinco, o diez, o veinte). E incluso sería un honor que me dejaran, estos amantes de la libertad, anunciar su iniciativa en mi blog.
04 septiembre 2005
Alianza de Civilizaciones o de Pueblos Civilizados
Desde el derrumbamiento del comunismo soviético y la emergencia de Estados Unidos como única superpotencia mundial, el planeta ha entrado en una nueva era de cuya dinámica parece ser que nadie está en condiciones de hacer predicciones definitivas. El asunto tiene tanta trascendencia que existen multitud de teorías al respecto de cómo solucionar las relaciones internacionales en un mundo globalizado que tan poco se parece al de ayer, que nos contiene a todos, nos vincula de manera que los problemas de los Estados no se pueden resolver sino recurriendo a la cooperación y en donde la política interior y la política exterior no encuentran claramente su frontera.
Ser original es muy difícil. Las grandes teorías hay que dejarlas para quienes tienen el tiempo y, sobre todo, el talento para desarrollarlas. Quienes nos dedicamos a otros menesteres, quienes no tenemos la única profesión de pensar, ni el talento para abrir vanguardia intelectual, bastante hacemos con intentar comprender todo lo que se escribe con cierta sustancia sobre un aspecto tan fundamental y opinar en última instancia.
Desde la perspectiva que ofrece el tiempo, parece evidente que las primeras predicciones se equivocaron. Fukuyama partió de una base moderna y aquí estuvo su error, porque el posmodernismo había ya terminado con las grandes narrativas. “El fin de la Historia y el último hombre” es otro gran relato que escenifica otra filosofía de la historia, como la de Hegel, Marx, Spengler o incluso Toynbee, cada una de éstas basada en el triunfo final del Estado, el materialismo histórico de la lucha de clases, el desfile de la libertad, o la divina providencia. Creo que el “Choque de Civilizaciones” de Samuel Huntington tampoco acierta porque, si bien durante los años 90 la mayoría de los treinta conflictos existentes en el mundo coincidían milimétricamente con las fronteras de las civilizaciones, tal y cómo él describe en su libro, fue como resultado de un ajuste después de la guerra fría, y no parece que ésta pueda llegar a ser la única causa de conflictos en el siglo XXI. Coincido más con André Glucksmann, pues su penúltimo libro “Occidente contra Occidente” responde a un riguroso análisis de la realidad mundial después del 11-S y la guerra de Iraq, donde se considera equivocado el modelo del “Choque de Civilizaciones” de Huntington y se defiende un paradigma distinto, que enfrenta el nihilismo terrorista a la civilización democrática de Occidente. Glucksmann advierte que el nihilismo y la pérdida de valores viene de atrás (la primera nihilista del s. XIX fue Madamme Bovary) y que, por supuesto, no ocurre solamente en Occidente, aspecto que suscribe Bernard Henry Levy, otro gran filósofo y ensayista francés con quien suelo coincidir. En esta sede, la Alianza de Civilizaciones no soluciona sino que destruye. El planteamiento de quienes les han dictado a Rodríguez Zapatero esta ideología hundida en el idealismo ético de base kantiana es utópico y por lo tanto una bomba de relojería para quien lo quiere aplicar. Presidida por el concepto del buen talante extrapolado al mundo y de la ruptura de la brecha económica y social provocada por la globalización, cuya responsabilidad es atribuída con carácter de exclusividad a Occidente y especialmente a E.E.U.U., persigue un objetivo claro: la promoción de una conciencia universal sobre la unidad y la interdependencia del género humano. Las virtudes diplomáticas de esa estrategia, podrán ser buenas e incluso bienintencionadas, pero si analizamos qué posibilidades tiene de convertirse en realidad esa Alianza entre Occidente y el mundo árabe comprenderemos que no es más que una entelequia. ¿Quién duda de que la reforma democrática y la libertad son la mejor arma contra el fanatismo? Nadie. Como a nadie tampoco se le escapa que la democracia es, hoy, ajena a la práctica totalidad de esos países, gobernados por regímenes dictatoriales y genocidas. Mientras que en Occidente hemos creado, con verdadero esfuerzo y a un precio que costará creer a las generaciones de los próximos siglos, un sistema de valores universales como la separación de poderes, la democracia, el imperio del Derecho y la aconfesionalidad estatal, en el mundo árabe impera la confusión entre Estado y religión y crecen los seguidores de la interpretación más fanática de una doctrina religiosa cuya obligada contemporaneidad con Occidente nos haría retroceder a la Edad Media y al feudalismo. Por más vueltas que los que asesoran a Zapatero le den, no se defiende la democracia tratando de contentar a los dictadores. El reto que plantea el integrismo islámico apoyado por los peores gobiernos del mundo, no parece encontrar solución organizando encuentros con sátrapas en Naciones Unidas, sino presionando sobre sus dirigentes para que persigan a los terroristas islamistas, combatan la corrupción y avancen en los procesos de modernización. Mi parecer es que la única Alianza posible con una civilización opuesta a la occidental consistiría en ayudar a conducir hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos a todos esos países en los que el choque entre el fanatismo populista y los gobiernos sin legitimidad democrática está creando el caldo de cultivo de la violencia y el terrorismo. Hay que enfrentarse a los síntomas y causas del terrorismo: no basta con combatir sus «actos de barbarie» con nuevas medidas de seguridad, sino que hay que luchar también contra sus «ideas bárbaras». Una de las claves de la lucha contra el terror es mostrar la cara moderada del Islam y expandir la democracia a las naciones musulmanas.
Para ello me parece fundamental promover una Organización Mundial de las Democracias que asuma como su principal prioridad política hacer efectivas las normas jurídicas internacionales en materia de derechos humanos de tal forma que se eviten nuevas tragedias para gran parte de la población que habita el planeta. El objetivo del nacimiento de una Organización Mundial de las Democracias, tal y cómo lo defiende el Partido Radical Trasnacional de Emma Bonino y Marco Panella, es utilizar la institución como instrumento en el sentido de “declarar la guerra” a la causa profunda de los conflictos armados y de terrorismos que han ensangrentado gran parte del siglo pasado y que continúan caracterizando también el inicio del nuevo siglo, es decir a la ausencia de democracia y libertad para millones de personas que viven bajo regímenes dictatoriales y autoritarios, agregando al análisis y el desarrollo de las armas y de las estrategias militares tradicionales, la promoción de los derechos fundamentales del individuo y los valores democráticos como elección estratégica prioritaria para combatir y vencer de manera definitiva a quien atente contra la paz y la seguridad internacionales.
Todo ello, sin perjuicio del concepto de solidaridad del poderoso con respecto al débil, para lo cual se debería articular un sistema de financiación, de fiscalidad y de libertad de comercio del que espero escribir en futuros artículos.
Ser original es muy difícil. Las grandes teorías hay que dejarlas para quienes tienen el tiempo y, sobre todo, el talento para desarrollarlas. Quienes nos dedicamos a otros menesteres, quienes no tenemos la única profesión de pensar, ni el talento para abrir vanguardia intelectual, bastante hacemos con intentar comprender todo lo que se escribe con cierta sustancia sobre un aspecto tan fundamental y opinar en última instancia.
Desde la perspectiva que ofrece el tiempo, parece evidente que las primeras predicciones se equivocaron. Fukuyama partió de una base moderna y aquí estuvo su error, porque el posmodernismo había ya terminado con las grandes narrativas. “El fin de la Historia y el último hombre” es otro gran relato que escenifica otra filosofía de la historia, como la de Hegel, Marx, Spengler o incluso Toynbee, cada una de éstas basada en el triunfo final del Estado, el materialismo histórico de la lucha de clases, el desfile de la libertad, o la divina providencia. Creo que el “Choque de Civilizaciones” de Samuel Huntington tampoco acierta porque, si bien durante los años 90 la mayoría de los treinta conflictos existentes en el mundo coincidían milimétricamente con las fronteras de las civilizaciones, tal y cómo él describe en su libro, fue como resultado de un ajuste después de la guerra fría, y no parece que ésta pueda llegar a ser la única causa de conflictos en el siglo XXI. Coincido más con André Glucksmann, pues su penúltimo libro “Occidente contra Occidente” responde a un riguroso análisis de la realidad mundial después del 11-S y la guerra de Iraq, donde se considera equivocado el modelo del “Choque de Civilizaciones” de Huntington y se defiende un paradigma distinto, que enfrenta el nihilismo terrorista a la civilización democrática de Occidente. Glucksmann advierte que el nihilismo y la pérdida de valores viene de atrás (la primera nihilista del s. XIX fue Madamme Bovary) y que, por supuesto, no ocurre solamente en Occidente, aspecto que suscribe Bernard Henry Levy, otro gran filósofo y ensayista francés con quien suelo coincidir. En esta sede, la Alianza de Civilizaciones no soluciona sino que destruye. El planteamiento de quienes les han dictado a Rodríguez Zapatero esta ideología hundida en el idealismo ético de base kantiana es utópico y por lo tanto una bomba de relojería para quien lo quiere aplicar. Presidida por el concepto del buen talante extrapolado al mundo y de la ruptura de la brecha económica y social provocada por la globalización, cuya responsabilidad es atribuída con carácter de exclusividad a Occidente y especialmente a E.E.U.U., persigue un objetivo claro: la promoción de una conciencia universal sobre la unidad y la interdependencia del género humano. Las virtudes diplomáticas de esa estrategia, podrán ser buenas e incluso bienintencionadas, pero si analizamos qué posibilidades tiene de convertirse en realidad esa Alianza entre Occidente y el mundo árabe comprenderemos que no es más que una entelequia. ¿Quién duda de que la reforma democrática y la libertad son la mejor arma contra el fanatismo? Nadie. Como a nadie tampoco se le escapa que la democracia es, hoy, ajena a la práctica totalidad de esos países, gobernados por regímenes dictatoriales y genocidas. Mientras que en Occidente hemos creado, con verdadero esfuerzo y a un precio que costará creer a las generaciones de los próximos siglos, un sistema de valores universales como la separación de poderes, la democracia, el imperio del Derecho y la aconfesionalidad estatal, en el mundo árabe impera la confusión entre Estado y religión y crecen los seguidores de la interpretación más fanática de una doctrina religiosa cuya obligada contemporaneidad con Occidente nos haría retroceder a la Edad Media y al feudalismo. Por más vueltas que los que asesoran a Zapatero le den, no se defiende la democracia tratando de contentar a los dictadores. El reto que plantea el integrismo islámico apoyado por los peores gobiernos del mundo, no parece encontrar solución organizando encuentros con sátrapas en Naciones Unidas, sino presionando sobre sus dirigentes para que persigan a los terroristas islamistas, combatan la corrupción y avancen en los procesos de modernización. Mi parecer es que la única Alianza posible con una civilización opuesta a la occidental consistiría en ayudar a conducir hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos a todos esos países en los que el choque entre el fanatismo populista y los gobiernos sin legitimidad democrática está creando el caldo de cultivo de la violencia y el terrorismo. Hay que enfrentarse a los síntomas y causas del terrorismo: no basta con combatir sus «actos de barbarie» con nuevas medidas de seguridad, sino que hay que luchar también contra sus «ideas bárbaras». Una de las claves de la lucha contra el terror es mostrar la cara moderada del Islam y expandir la democracia a las naciones musulmanas.
Para ello me parece fundamental promover una Organización Mundial de las Democracias que asuma como su principal prioridad política hacer efectivas las normas jurídicas internacionales en materia de derechos humanos de tal forma que se eviten nuevas tragedias para gran parte de la población que habita el planeta. El objetivo del nacimiento de una Organización Mundial de las Democracias, tal y cómo lo defiende el Partido Radical Trasnacional de Emma Bonino y Marco Panella, es utilizar la institución como instrumento en el sentido de “declarar la guerra” a la causa profunda de los conflictos armados y de terrorismos que han ensangrentado gran parte del siglo pasado y que continúan caracterizando también el inicio del nuevo siglo, es decir a la ausencia de democracia y libertad para millones de personas que viven bajo regímenes dictatoriales y autoritarios, agregando al análisis y el desarrollo de las armas y de las estrategias militares tradicionales, la promoción de los derechos fundamentales del individuo y los valores democráticos como elección estratégica prioritaria para combatir y vencer de manera definitiva a quien atente contra la paz y la seguridad internacionales.
Todo ello, sin perjuicio del concepto de solidaridad del poderoso con respecto al débil, para lo cual se debería articular un sistema de financiación, de fiscalidad y de libertad de comercio del que espero escribir en futuros artículos.










