02 octubre 2005
Por la Regeneración Democrática
Queridos lectores, queridos conciudadanos:
Es algo constatado para cualquier persona que se haya asomado mínimamente a la historia, que el inconsciente colectivo no se vuelve consciente de los hechos políticos que provocan una catástrofe nacional hasta que los mismos dejan asomar sus consecuencias en términos materiales. No son los hechos políticos mismos, sino sus implicaciones, las que finalmente sirven de recuperación del sentido de la realidad e intuición del futuro, en algunos casos, o proporcionan el antídoto -no precisamente preventivo- contra la amnesia colectiva, en otros. España ya ha pasado por momentos similares el pasado siglo. Alemania, Francia e Italia también.
Muchos intelectuales y ciudadanos (me incluyo entre estos últimos) venimos denunciando desde hace 10 años que el fin de toda ideología nacionalista es la consecución de un Estado, es decir, la soberanía política, sobre la base territorial de lo que se considera absurdamente una nación cultural. Ocurre lo mismo que con la historia; no hay mas que leer a los principales autores sobre el nacionalismo para comprender su fin último, explicitado con tanta nitidez racional como ofuscamiento u oscuridad de la razón tienen las raíces más profundas de su causa y tanta como confusión pretende impregnar en la propaganda de los medios para conseguirlo. Es así. Siempre ha sido así. Lo lamentable es que, como en la maldición de Sísifo, los españoles no podamos zafarnos del tópico de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (historia).
No cabe duda de que el momento que vivimos se caracterizará en los libros de historia por los efectos positivos y negativos que la globalización ha supuesto en todas las partes del globo y en todos los ámbitos de la vida, es decir, la interconexión de la economía, la cultura, la tecnología, las relaciones personales y colectivas, etc. Al margen del anacronismo que supone una ideología que pretende en nuestro mundo globalizado volver al romanticismo neofeudal del siglo XIX y sus valores sentimentales como la raza, la lengua, el RH, el concepto del otro como antítesis al nosotros, triturando los valores ilustrados de libertad, de respeto a todo individuo por el mero hecho de serlo, de justicia, etc, y que están recogidos en las cartas fundamentales de los derechos del hombre –valores sentimentales que además son falsos para quienes los provocan, ya que como he escrito muchas veces, tan sólo la ambición bastarda de poder es lo que realmente mueve el deseo nacionalista de las elites- es difícil comprender cómo, pese a toda la tecnología acumulada por la sociedad de la información (que crea al ciudadano de la confusión), suceden según qué cosas. Me resisto a creer en la ingenuidad de todos los intelectuales como único pretexto de no haber jamás advertido de los peligros que entrañaba el nacionalismo salido del título octavo de nuestra constitución. Allí estaban todos los intereses bastardos traducidos en verdaderos peligros y bestias negras que vienen acechando en el horizonte, esperando el momento más favorable para asestar un golpe mortal a la unidad de España. De no haber tenido un gobierno presidido por una persona incapacitada para el cargo, el proceso se habría demorado un poco más, pero al final habría sucedido, pues no ha habido gobierno que no haya tenido que ceder ante el chantaje nacionalista. Por supuesto que nunca se cedió de la misma forma, pero ello no avala sino la tesis que mantengo, es decir, que más pronto o más tarde un gobierno débil, mezquino y ambicioso habría asestado un golpe mortal a nuestra conviviencia. ¿Por qué no nos damos cuenta? ¿Hace falta algo más? ¿Tenemos que ver cómo se parte España a jirones para comprender que el embate nacionalista iba en serio? ¿Será necesario contemplar estupefactos la declaración de independencia del Parlamento de Catalunya para comprobar que, aunque sin legitimidad ni legalidad, han hecho lo que desde hace mucho tiempo muchos denunciamos que iba a ocurrir?
Sobre los nacionalistas no merece la pena escribir. Son la negación, la antítesis del concepto de España y lo seguirán siendo siempre. O ellos y sus concepciones étnico-tribales, o nosotros y la libertad individual y los principios democráticos. Aquí no hay síntesis hegeliana. Pero sí debemos hablar sobre nuestros gobernantes, los que en principio representan a partidos y colectivos que creen en la idea de España, en nuestra constitución y nuestro sistema político. Y debemos empezar diciendo que lo que ha hecho este gobierno es un acto de alta traición. La ambición de poder y la falta de ética de Rodríguez Zapatero, que se encuentran a la altura de su insolvencia, han ido demasiado lejos. Nadie podía esperar de un presidente por accidente (¿o no?) la comisión de tantas tropelías en tan poco tiempo, barnizadas por un talante posmoderno y un pequeño aire de frescor en alguna ley. Quien no pudo jamás soñar con la idea de presidir algo de cierta entidad, se ha encontrado al frente de un país que lleva directamente al precipicio.
Concretemos: Si no se rechaza el Estatuto catalán por inconstitucional o se admite a trámite como reforma constitucional estaremos ante una situación muy parecida a un golpe de estado, donde se reforma la ley sin contar con la propia ley y/o sin refrendo popular. Las consecuencias serían realmente nefastas.
En primer lugar, Cataluña se proclamaría nación y se dotaría de un poder legislativo y ejecutivo casi totalmente independientes, y de un poder judicial totalmente independiente. En consecuencia, Cataluña se arrogaría la soberanía política, es decir, se convertiría en una nación con un cuasi Estado político-administrativo, en un proceso de independencia total que alcanzaría su culminación en una legislatura, pues no pasarían 5 años desde que se aprobase el Estatuto hasta que se proclamase el Estat Catalá. Para ello, el Estatuto prevé dotarse de todo el poder económico y fiscal, rompiendo la solidaridad territorial, violando la constitución y haciendo trizas el espíritu de la transición, que, con los defectos que muchas veces detectamos, tan lejos nos ha llevado estos últimos veintisiete años. Pero, además, proporcionaría a Cataluña un sistema estrecho, totalitario, completamente falto de libertades que, por supuesto, los ciudadanos de Cataluña no merecen y que les llevaría al fracaso político y el colapso económico.
En segundo lugar, sentaría un precedente para que cualquier otro grupo de poder en el resto de las CCAA encontrara la legitimidad necesaria para pretender lo mismo, dando por hecho que el Plan Ibarretxe saldría por la puerta grande de las Cortes Generales. Ello supondría la balcanización de España, la pérdida de nuestra importancia internacional y la crisis de identidad cuyas consecuencias son tan fáciles de pensar como difíciles de transmitir, sin perjuicio de la amenaza que un Islam que ve una víctima en verdaderos apuros supondría para la península. ¿Qué ocurriría con Ceuta y Melilla? ¿Y con las amenazas de reconquista del Al-Andalus del Islam a través de Al-Qaeda?
La estupidez no puede ser gratis en política. Por eso, ante tal embate son necesarios varias acciones que tienen que encontrar en la complicidad de la ciudadanía su arma más eficaz y contundente:
1) La salida a la calle en manifestaciones de todo ciudadano que desee que España siga manteniendo sus fronteras actuales y que crea en la libertad, la justicia y la solidaridad como fuentes legítimas de nuestra convivencia.
2) Exigir, o bien la devolución a las Cortes catalanas del Estatuto de Autonomía de Cataluña, o bien que el proceso de aprobación sea a través del procedimiento de reforma constitucional con disolución de las Cortes Generales y referendum
3) Forzar a Rodriguez Zapatero a pactar con el PP una salida a esta crisis.4) Y lo más importante. Al estilo de la grandeza constitucional norteamericana, legislar un sistema político que no esté basado en la responsabilidad de los gobernantes sino que sea garantista, de tal suerte que aunque los avatares políticos vuelvan a sentar en la presidencia del gobierno a un botarate de este calibre, éste no se vea tentado a negociar con los nacionalismos su sillón a cambio de enviar a la tumba a nuestro pacto de convivencia. Creo que este último extremo sólo puede garantizarse, como ya he comentado en varias ocasiones, a través de un sistema electoral que permita obtener la mayoría en las Cortes Generales al partido más votado, aunque fuera por un puñado de votos. Supondría la victoria definitiva de la libertad y el respeto sobre el chantaje del concepto étnico-tribal, neofeudal.
Invito a todo ciudadano a interelacionarse y provocar la presión necesaria para comenzar y conseguir esta empresa tan trascendente para nuestro futuro en común.
Es algo constatado para cualquier persona que se haya asomado mínimamente a la historia, que el inconsciente colectivo no se vuelve consciente de los hechos políticos que provocan una catástrofe nacional hasta que los mismos dejan asomar sus consecuencias en términos materiales. No son los hechos políticos mismos, sino sus implicaciones, las que finalmente sirven de recuperación del sentido de la realidad e intuición del futuro, en algunos casos, o proporcionan el antídoto -no precisamente preventivo- contra la amnesia colectiva, en otros. España ya ha pasado por momentos similares el pasado siglo. Alemania, Francia e Italia también.
Muchos intelectuales y ciudadanos (me incluyo entre estos últimos) venimos denunciando desde hace 10 años que el fin de toda ideología nacionalista es la consecución de un Estado, es decir, la soberanía política, sobre la base territorial de lo que se considera absurdamente una nación cultural. Ocurre lo mismo que con la historia; no hay mas que leer a los principales autores sobre el nacionalismo para comprender su fin último, explicitado con tanta nitidez racional como ofuscamiento u oscuridad de la razón tienen las raíces más profundas de su causa y tanta como confusión pretende impregnar en la propaganda de los medios para conseguirlo. Es así. Siempre ha sido así. Lo lamentable es que, como en la maldición de Sísifo, los españoles no podamos zafarnos del tópico de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (historia).
No cabe duda de que el momento que vivimos se caracterizará en los libros de historia por los efectos positivos y negativos que la globalización ha supuesto en todas las partes del globo y en todos los ámbitos de la vida, es decir, la interconexión de la economía, la cultura, la tecnología, las relaciones personales y colectivas, etc. Al margen del anacronismo que supone una ideología que pretende en nuestro mundo globalizado volver al romanticismo neofeudal del siglo XIX y sus valores sentimentales como la raza, la lengua, el RH, el concepto del otro como antítesis al nosotros, triturando los valores ilustrados de libertad, de respeto a todo individuo por el mero hecho de serlo, de justicia, etc, y que están recogidos en las cartas fundamentales de los derechos del hombre –valores sentimentales que además son falsos para quienes los provocan, ya que como he escrito muchas veces, tan sólo la ambición bastarda de poder es lo que realmente mueve el deseo nacionalista de las elites- es difícil comprender cómo, pese a toda la tecnología acumulada por la sociedad de la información (que crea al ciudadano de la confusión), suceden según qué cosas. Me resisto a creer en la ingenuidad de todos los intelectuales como único pretexto de no haber jamás advertido de los peligros que entrañaba el nacionalismo salido del título octavo de nuestra constitución. Allí estaban todos los intereses bastardos traducidos en verdaderos peligros y bestias negras que vienen acechando en el horizonte, esperando el momento más favorable para asestar un golpe mortal a la unidad de España. De no haber tenido un gobierno presidido por una persona incapacitada para el cargo, el proceso se habría demorado un poco más, pero al final habría sucedido, pues no ha habido gobierno que no haya tenido que ceder ante el chantaje nacionalista. Por supuesto que nunca se cedió de la misma forma, pero ello no avala sino la tesis que mantengo, es decir, que más pronto o más tarde un gobierno débil, mezquino y ambicioso habría asestado un golpe mortal a nuestra conviviencia. ¿Por qué no nos damos cuenta? ¿Hace falta algo más? ¿Tenemos que ver cómo se parte España a jirones para comprender que el embate nacionalista iba en serio? ¿Será necesario contemplar estupefactos la declaración de independencia del Parlamento de Catalunya para comprobar que, aunque sin legitimidad ni legalidad, han hecho lo que desde hace mucho tiempo muchos denunciamos que iba a ocurrir?
Sobre los nacionalistas no merece la pena escribir. Son la negación, la antítesis del concepto de España y lo seguirán siendo siempre. O ellos y sus concepciones étnico-tribales, o nosotros y la libertad individual y los principios democráticos. Aquí no hay síntesis hegeliana. Pero sí debemos hablar sobre nuestros gobernantes, los que en principio representan a partidos y colectivos que creen en la idea de España, en nuestra constitución y nuestro sistema político. Y debemos empezar diciendo que lo que ha hecho este gobierno es un acto de alta traición. La ambición de poder y la falta de ética de Rodríguez Zapatero, que se encuentran a la altura de su insolvencia, han ido demasiado lejos. Nadie podía esperar de un presidente por accidente (¿o no?) la comisión de tantas tropelías en tan poco tiempo, barnizadas por un talante posmoderno y un pequeño aire de frescor en alguna ley. Quien no pudo jamás soñar con la idea de presidir algo de cierta entidad, se ha encontrado al frente de un país que lleva directamente al precipicio.
Concretemos: Si no se rechaza el Estatuto catalán por inconstitucional o se admite a trámite como reforma constitucional estaremos ante una situación muy parecida a un golpe de estado, donde se reforma la ley sin contar con la propia ley y/o sin refrendo popular. Las consecuencias serían realmente nefastas.
En primer lugar, Cataluña se proclamaría nación y se dotaría de un poder legislativo y ejecutivo casi totalmente independientes, y de un poder judicial totalmente independiente. En consecuencia, Cataluña se arrogaría la soberanía política, es decir, se convertiría en una nación con un cuasi Estado político-administrativo, en un proceso de independencia total que alcanzaría su culminación en una legislatura, pues no pasarían 5 años desde que se aprobase el Estatuto hasta que se proclamase el Estat Catalá. Para ello, el Estatuto prevé dotarse de todo el poder económico y fiscal, rompiendo la solidaridad territorial, violando la constitución y haciendo trizas el espíritu de la transición, que, con los defectos que muchas veces detectamos, tan lejos nos ha llevado estos últimos veintisiete años. Pero, además, proporcionaría a Cataluña un sistema estrecho, totalitario, completamente falto de libertades que, por supuesto, los ciudadanos de Cataluña no merecen y que les llevaría al fracaso político y el colapso económico.
En segundo lugar, sentaría un precedente para que cualquier otro grupo de poder en el resto de las CCAA encontrara la legitimidad necesaria para pretender lo mismo, dando por hecho que el Plan Ibarretxe saldría por la puerta grande de las Cortes Generales. Ello supondría la balcanización de España, la pérdida de nuestra importancia internacional y la crisis de identidad cuyas consecuencias son tan fáciles de pensar como difíciles de transmitir, sin perjuicio de la amenaza que un Islam que ve una víctima en verdaderos apuros supondría para la península. ¿Qué ocurriría con Ceuta y Melilla? ¿Y con las amenazas de reconquista del Al-Andalus del Islam a través de Al-Qaeda?
La estupidez no puede ser gratis en política. Por eso, ante tal embate son necesarios varias acciones que tienen que encontrar en la complicidad de la ciudadanía su arma más eficaz y contundente:
1) La salida a la calle en manifestaciones de todo ciudadano que desee que España siga manteniendo sus fronteras actuales y que crea en la libertad, la justicia y la solidaridad como fuentes legítimas de nuestra convivencia.
2) Exigir, o bien la devolución a las Cortes catalanas del Estatuto de Autonomía de Cataluña, o bien que el proceso de aprobación sea a través del procedimiento de reforma constitucional con disolución de las Cortes Generales y referendum
3) Forzar a Rodriguez Zapatero a pactar con el PP una salida a esta crisis.4) Y lo más importante. Al estilo de la grandeza constitucional norteamericana, legislar un sistema político que no esté basado en la responsabilidad de los gobernantes sino que sea garantista, de tal suerte que aunque los avatares políticos vuelvan a sentar en la presidencia del gobierno a un botarate de este calibre, éste no se vea tentado a negociar con los nacionalismos su sillón a cambio de enviar a la tumba a nuestro pacto de convivencia. Creo que este último extremo sólo puede garantizarse, como ya he comentado en varias ocasiones, a través de un sistema electoral que permita obtener la mayoría en las Cortes Generales al partido más votado, aunque fuera por un puñado de votos. Supondría la victoria definitiva de la libertad y el respeto sobre el chantaje del concepto étnico-tribal, neofeudal.
Invito a todo ciudadano a interelacionarse y provocar la presión necesaria para comenzar y conseguir esta empresa tan trascendente para nuestro futuro en común.
Comentarios:
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La tiranía y chantaje de los minoritarios partidos separatistas (vasco y catalán)sólo podría evitarse con una nueva ley electoral, exigiendo como mínimo un 5% de votos para tener representación en las Cortes Generales. Es una burla a los españoles que estén representados en el Congreso de los Diputados unos señores que no creen en la Nación española y que hacen todo lo posible para descuartizarla y salirse de ella. Pero es todavía más grave que el PSOE en el Gobierno colabore con estos objetivos con la intención de perpetuarse en el poder y marginar o a ser posible eliminar políticamente a la opción liberal-conservadora que representa a la mitad de España. Ocurrió exactamente lo mismo con el Frente Popular en el año 1936, donde media España quedó sin voz porque la otra media se la tapó. Hoy, la derecha española es más fuerte, cohesionada, firme en valores y mejor preparada que entonces. La derecha española no es nihilista ni finalista, jamás utilizará la manipulación, la demagogía o la mentira como medios para conseguir el poder. La derecha es moralmente superior a la izquierda, mejor amueblada intelectualmente. Y estas son sus armas y los ciudadanos piensantes y cultos lo saben. Dentro de dos años el PP puede ganar las elecciones generales y desplazar a la izquierda a la oposición para contar con ella en los cambios más importantes que necesita este país
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