22 octubre 2005
Liberalismo anglosajón
Es habitual que Occidente se nutra intelectualmente de la teoría empírica del mundo anglosajón, aunque, probablemente debido a un extraño complejo de inferioridad, ataque sus postulados en cuanto tiene ocasión. Europa lleva años perdiendo competitividad. La fuerza de la entrada en escena del mundo asiático y algún otro país emergente en el concepto de globalización de los mercados supone un reto del que no voy a escribir porque todos lo conocemos lo suficiente a estas alturas. Tan sólo quisiera constatar la trayectoria que nos lleva a una meta de desaceleración de nuestra economía comunitaria y que en el futuro cuestionará o más bien hará temblar el tan apreciado Estado del bienestar en el que estamos aposentados. No nos salen las cuentas. La balanza comercial europea (la de España es patética) arroja peligrosos saldos negativos y la historia demuestra cómo dicho problema estructural termina afectando al crecimiento y al desempleo en cuestión de tiempo. El coste de fabricación de determinados productos es sustancialmente más bajo en aquellos países donde la mano de obra es mucho más barata que en Europa. Ante tal obviedad hay simplemente dos soluciones. O nos blindamos -ahora que está de moda blindarlo todo- o nos reformamos. Blindarse significa dar la espalda a la globalización, volver al neomercantilismo nacionalista de principios del siglo XX, al absurdo de nadar contracorriente y a sus consecuencias económicas y quizá bélicas. Reformarse, no significa “cambiemos algo para que nada cambie”. Significa reconocer los errores y las carencias que nos afectan y nos acechan e intentar modificarlas en lo sustancial, en la raíz. Europa no podrá ya competir en la fabricación de muchos productos salvo que utilice tecnologías de última generación y flexibilice su mercado laboral. De nuevo, un dirigente anglosajón es el que pone el dedo valientemente en la llaga sin temor a que ésta duela. Blair acierta cuando propone que la Unión dedique el 30% de su presupuesto a la investigación. Acierta todavía más, a mi juicio, manifestando la necesidad imperiosa de establecer sinergias entre la Universidad y las empresas. ¿Dónde trabajarán los universitarios de hoy? La salida laboral natural para un jóven universitario sería la que se haya producido como resultado de los convenios suscritos entre la universidad y una empresa cualquiera para la investigación de una línea de producto que, debido a su éxito, precisa del personal cualificado para llevar a cabo una mayor producción y todo ello sin dejar de investigar con la universidad para que ello suponga un circuito sin solución de continuidad en el tiempo y por lo tanto una fuente inagotable de empleo de recursos humanos. ¿Entederán esta sencilla fórmula nuestros políticos en Europa? Estoy convencido de que el jóven, universitario y no universitario, sí lo entiende. Y está dispuesto a desembarazarse de la burocracia estatal que le resta dinamismo y autonomía para elegir su destino profesional en libertad. ¿Qué mayor protección social se puede esperar que el pleno empleo, situación que permite al trabajador elegir su puesto de trabajo de acuerdo a sus prioridades y no mantener aquel en el que no se encuentra cómodo pero que puede mantener en virtud de un convenio colectivo suscrito por quienes no le representan en ningún lado de la mesa?
Comentarios:
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