mi homenaje al Quijote

29 octubre 2005


Elogio a Manuel Ramírez

Quienes mantenemos que la Transición española se concibió en un momento muy delicado, preñado de prejuicios y amenazas, entendemos que muchos de sus errores podían comprenderse como los menos perniciosos de cuantos podían ocurrir, como el precio que había que pagar desde el presupuesto del maximín, escenario posibilista y conservador que pretendía garantizar unos mínimos de convivencia política que sirvieran de base para avanzar hacia mayores cotas de bienestar material. Recalco lo de material, pues en otro caso la opción correcta hubiera tenido que pasar por escenarios de menor consenso y mayor separación legal y de facto con el régimen que aparentemente terminaba con el fallecimiento del dictador Franco.

También entendemos, desde hace casi quince años, es decir, desde que el felipismo afloró como un régimen de poder dentro de nuestra monarquía parlamentaria, que nuestro sistema político debía ser reformado para que los “obligados” vicios de la Transición que habían permitido los desmanes de los gobiernos de González se vieran purgados en las Cortes Generales a fin de alumbrar un sistema político más democrático, más participativo, con mayor capacidad de control sobre la clase política y menos sometido al constante chantaje de pequeños grupos minoritarios nacionalistas que, legislatura tras legislatura, iban exigiendo a cambio de su crucial apoyo parlamentario, mayores cuotas de poder en sus respectivos feudos, cuya población se encontraba controlada políticamente y adormecida por los medios de comunicación social afines al poder.

Con el firme propósito de desmarcarme de lo que en este momento se está llamando la segunda Transición por parte de grupos nacionalistas, es decir, siempre independentistas, y del partido socialista tanto en Cataluña como en Madrid, quisiera dejar claro que ésta no es la segunda Transición que muchas personas venimos defendiendo desde hace tanto tiempo. Es exactamente la contraria. En aquel momento se hicieron una serie de concesiones que, además de habernos llevado a la situación política actual, no hubieran tenido sentido de no haber sido por esa situación especial. La segunda Transición no debe abrir más la cafetera del título octavo cuyos únicos beneficiarios son los partidos que negocian en Madrid la forma de ejercer más férreamente el poder en sus respectivas Comunidades Autónomas, volviendo la espalda y haciendo difícil su existencia a todo aquel que no piense como ellos. La segunda Transición tiene necesariamente que tener en cuenta al ciudadano, concebido como individuo y si se quiere, como persona, pero no como parte insignificante de un ente superior donde encuentra su razón de ser y su máximo estadio de expresión, que es la comunidad, la nación cultural. La segunda Transición se hace hoy más necesaria que nunca para garantizar nuestra libertad política, la de todos los españoles que queramos seguir avanzando por la senda de la libertad, del progreso y de la vanguardia.

Y para ello no hay que permitir que Cataluña se autodefina como nación, sino todo lo contrario, reformar nuestra ley electoral de suerte que no tengamos jamás nunca que depender de personas como Rovira o Ibarretxe.

En este sentido, me alegra leer del catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza, Manuel Ramírez, una opinión (el link es de pago, en El País de 29 de octubre) tan cercana en este caso a mis planteamientos y, a mi entender, tan sensata en un país cuyos dirigentes parecen haber perdido la cabeza.
Comentarios:
En mi opinión, es el propio sistema autonómico contemplado en la Constitución donde radica el problema. La división de poderes, en este caso la división vertical de poderes entre Estado y Comunidades, debe estar establecida en la Constitución. Es inadmisible de todo punto que unas Comunidades puedan tener más competencias que otras. Por ejemplo, es inadmisible que Aragón tenga competencias sobre derecho de sucesiones y Cantabria no: el sistema actual lleva a la consecuencia de que los aragoneses -a través de sus representantes en el parlamento autonómico y en las Cortes Generales- tienen voz y voto respecto del derecho de sucesiones que se aplica en Cantabria, pero los cántabros -ni siquiera a través de sus representante en Cortes- tienen derecho a decidir sobre el derecho de sucesiones que se aplica en Aragón.

Más que una reforma de la ley electoral (que creo que también es urgente, pero no resolvería el papel bisagra de los partidos nacionalistas, al menos los catalanes, que tienen más de un millón de votos), creo que lo esencial es constitucionalizar de forma firme y definitiva la división vertical de poderes, reformando para ello el Título VIII.

No sé si la reforma debe mantener el sistema de doble lista (como el que tenemos ahora) o si debemos ir a un sistema de lista única (como existe en los Estados Unidos), y cuál debería ser el sentido de la cláusula residual.

Pero sí creo que éste debe ser el sentido de la reforma, de naturaleza constitucional, que evite posteriores presiones y vaivenes provocados por los partidos nacionalistas.

Sobre la reforma de la ley electoral y representación en Cortes, creo que -siempre que se haya llevado a cabo la reforma del Título VIII que sugiero arriba- deberíamos pensar en una representación de las Comunidades en el Senado, ya sea siguiendo el esquema que preveía originalmente la Constitución de Estados Unidos (es decir, "equal footage" de cada Estado, con dos senadores en el Congreso) o como prevé la Ley Fundamental de Bonn (con un rango de senadores por Land que varía en función de su población).
 
Well done!
My homepage | Please visit
 
Good design!
http://whtczect.com/tbro/cbei.html | http://sfszmdro.com/zyxg/jhxz.html
 
Publicar un comentario en la entrada

<< Inicio