16 septiembre 2005
¿De qué se habla en otros países?
En el debate televisivo entre Angela Merkel y Gerhard Schroeder se ha hablado, básicamente, de economía. En concreto, han sido los temas fiscales y laborales los que han presidido la convocatoria en abierto. La campaña electoral ha tenido a la economía, la investigación para crear una sociedad de vanguardia y el bienestar ciudadano los puntos estrella de estos comicios tan importantes para Alemania. Al leer la prensa europea, al margen de las alusiones a la globalización y la política internacional, se observa cómo las portadas y las primeras páginas tratan aspectos de gran importancia y transcendecia para sus respectivas sociedades y que por lo tanto afectan directamente a los intereses de sus ciudadanos. Sea, el I+D+I, la capacidad para generar emprendedores, el papel y la magnitud de la Administración Pública en el Estado, la vitalidad de la sociedad civil, la calidad de vida comparada con la de los países del entorno, la proyección del sistema educativo y su propia calidad…. El lector puede percibir la preocupación por vincular al ciudadano con el arte y la vanguardia, la de generar dinámicas de asociación entre las libertades y la creatividad que genera progreso, la de establecer políticas que creen empleo, etc, etc.
De nuevo, no es el caso de España. Revisando la prensa nacional se contempla con estupefacción cómo se han vertido sobre el papel que administra la información auténticos ríos de tinta en un aspecto que, analizado racionalmente, no supone un incremento en la calidad de vida de los ciudadanos. Me refiero a las pretensiones de los gobiernos autonómicos de conseguir el mayor poder posible. La descentralización de la administración es un aspecto cuya conquista se estableció como mínimo hace dos siglos, es decir, que a nadie se le escapan sus antiguas buenas intenciones y sus óptimos resultados. Sin embargo, creo que en España hemos perdido el norte. Porque estamos hablando del poder, no de descentralización. Poder, que en unos casos pretende satisfacer conceptualizaciones neofeudales y en otros, simplemente el objetivo final de independencia, aspecto que sinceramente, no puedo creer que no se supiera, no digo intuyera, digo, literalmente, supiera a ciencia cierta, desde hace por lo menos quince años. La más superficial introducción al nacionalismo como ideología permite acceder a la comprensión de su único objetivo: el establecimiento de un Estado allá donde se considera que existe una nación.
La situación ha llegado a un punto donde solamente permite hablar de cómo será España dentro de unos años, si Aragón será la única unión nacional con Francia o si Finisterre dejará de ser nuestro punto geográfico peninsular más occidental. Una sociedad no puede vivir en esta permanente lucha contra las fuerzas centrífugas que hacen cuestionar su existencia y su razón de ser cada día que pasa. Se lastima la ilusión, se diluyen las energías, se demoran los proyectos sociales y se pierde el tiempo miserablemente. España corre el grave riesgo de desintegrarse como nación y mientras tanto, en su lucha por la superviviencia habrá dejado pasar trenes llenos de progreso, libertad y prosperidad. Es necesario un pacto de Estado, con una única fórmula: la reforma de la ley electoral que permita gobernar a la lista más votada. Lo exige la libertad política, la higiene democrática y una cantidad cada vez menos desdeñable de españoles.
De nuevo, no es el caso de España. Revisando la prensa nacional se contempla con estupefacción cómo se han vertido sobre el papel que administra la información auténticos ríos de tinta en un aspecto que, analizado racionalmente, no supone un incremento en la calidad de vida de los ciudadanos. Me refiero a las pretensiones de los gobiernos autonómicos de conseguir el mayor poder posible. La descentralización de la administración es un aspecto cuya conquista se estableció como mínimo hace dos siglos, es decir, que a nadie se le escapan sus antiguas buenas intenciones y sus óptimos resultados. Sin embargo, creo que en España hemos perdido el norte. Porque estamos hablando del poder, no de descentralización. Poder, que en unos casos pretende satisfacer conceptualizaciones neofeudales y en otros, simplemente el objetivo final de independencia, aspecto que sinceramente, no puedo creer que no se supiera, no digo intuyera, digo, literalmente, supiera a ciencia cierta, desde hace por lo menos quince años. La más superficial introducción al nacionalismo como ideología permite acceder a la comprensión de su único objetivo: el establecimiento de un Estado allá donde se considera que existe una nación.
La situación ha llegado a un punto donde solamente permite hablar de cómo será España dentro de unos años, si Aragón será la única unión nacional con Francia o si Finisterre dejará de ser nuestro punto geográfico peninsular más occidental. Una sociedad no puede vivir en esta permanente lucha contra las fuerzas centrífugas que hacen cuestionar su existencia y su razón de ser cada día que pasa. Se lastima la ilusión, se diluyen las energías, se demoran los proyectos sociales y se pierde el tiempo miserablemente. España corre el grave riesgo de desintegrarse como nación y mientras tanto, en su lucha por la superviviencia habrá dejado pasar trenes llenos de progreso, libertad y prosperidad. Es necesario un pacto de Estado, con una única fórmula: la reforma de la ley electoral que permita gobernar a la lista más votada. Lo exige la libertad política, la higiene democrática y una cantidad cada vez menos desdeñable de españoles.
Comentarios:
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Perdón por hacerme autopropaganda, pero creo que es de lo más oportuno para poder comentar contigo los aspectos más interesantes que introduces en este post. Además, tengo curiosidad por confrontar una postura como la mía, no muy popular entre los bloggeros liberales que me visitan con militantes reales del partido conservador de este país. Gran parte de mi sitio se dedica a una reflexión sobre la cuestión territorial de España. Así, comparto contigo la visión de que el problema territorial es básicamente un problema de ambición de políticos locales. ¿Por qué cuela? Cuela porque no existe un desarrollo doctrinario ni en la derecha ni en la izquierda convincente para la defensa democrática de una España, no centralista, sino coherente. Yo defiendo la necesidad de tener el coraje de plantear la pertenencia a España vía reférendum. La novedad es que es a la inversa de cómo se plantea desde el nacionalismo. Es decir a) para poder luchar con el nacionalismo, yo no puedo ser nacionalista, es decir, tengo que estar dispuesto a aceptar las decisiones de la gente sobre cómo quiere vivir b) es legítimo que plantee condiciones mínimas si usted quiere aprovecharse de las ventajas de vivir conmigo (es decir, no es Sr. Lehendakari que usted quiera decidir como quiere estar en España, sino que si quiere aprovecharse de las ventajas (sí, ya sabemos que tiene costes) de pertenecer a España yo tengo unos mínimos. En fin, el espacion es breve y la cuestión compleja. Si te interesa, arranca por este post, que te va llevando a varios otros donde me extiendo: http://nochesconfusas.blogspot.com/2005/08/no-pasara-nada-si-espaa-se-desintegra.html
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