mi homenaje al Quijote

04 septiembre 2005


Alianza de Civilizaciones o de Pueblos Civilizados

Desde el derrumbamiento del comunismo soviético y la emergencia de Estados Unidos como única superpotencia mundial, el planeta ha entrado en una nueva era de cuya dinámica parece ser que nadie está en condiciones de hacer predicciones definitivas. El asunto tiene tanta trascendencia que existen multitud de teorías al respecto de cómo solucionar las relaciones internacionales en un mundo globalizado que tan poco se parece al de ayer, que nos contiene a todos, nos vincula de manera que los problemas de los Estados no se pueden resolver sino recurriendo a la cooperación y en donde la política interior y la política exterior no encuentran claramente su frontera.

Ser original es muy difícil. Las grandes teorías hay que dejarlas para quienes tienen el tiempo y, sobre todo, el talento para desarrollarlas. Quienes nos dedicamos a otros menesteres, quienes no tenemos la única profesión de pensar, ni el talento para abrir vanguardia intelectual, bastante hacemos con intentar comprender todo lo que se escribe con cierta sustancia sobre un aspecto tan fundamental y opinar en última instancia.

Desde la perspectiva que ofrece el tiempo, parece evidente que las primeras predicciones se equivocaron. Fukuyama partió de una base moderna y aquí estuvo su error, porque el posmodernismo había ya terminado con las grandes narrativas. “El fin de la Historia y el último hombre” es otro gran relato que escenifica otra filosofía de la historia, como la de Hegel, Marx, Spengler o incluso Toynbee, cada una de éstas basada en el triunfo final del Estado, el materialismo histórico de la lucha de clases, el desfile de la libertad, o la divina providencia. Creo que el “Choque de Civilizaciones” de Samuel Huntington tampoco acierta porque, si bien durante los años 90 la mayoría de los treinta conflictos existentes en el mundo coincidían milimétricamente con las fronteras de las civilizaciones, tal y cómo él describe en su libro, fue como resultado de un ajuste después de la guerra fría, y no parece que ésta pueda llegar a ser la única causa de conflictos en el siglo XXI. Coincido más con André Glucksmann, pues su penúltimo libro “Occidente contra Occidente” responde a un riguroso análisis de la realidad mundial después del 11-S y la guerra de Iraq, donde se considera equivocado el modelo del “Choque de Civilizaciones” de Huntington y se defiende un paradigma distinto, que enfrenta el nihilismo terrorista a la civilización democrática de Occidente. Glucksmann advierte que el nihilismo y la pérdida de valores viene de atrás (la primera nihilista del s. XIX fue Madamme Bovary) y que, por supuesto, no ocurre solamente en Occidente, aspecto que suscribe Bernard Henry Levy, otro gran filósofo y ensayista francés con quien suelo coincidir. En esta sede, la Alianza de Civilizaciones no soluciona sino que destruye. El planteamiento de quienes les han dictado a Rodríguez Zapatero esta ideología hundida en el idealismo ético de base kantiana es utópico y por lo tanto una bomba de relojería para quien lo quiere aplicar. Presidida por el concepto del buen talante extrapolado al mundo y de la ruptura de la brecha económica y social provocada por la globalización, cuya responsabilidad es atribuída con carácter de exclusividad a Occidente y especialmente a E.E.U.U., persigue un objetivo claro: la promoción de una conciencia universal sobre la unidad y la interdependencia del género humano. Las virtudes diplomáticas de esa estrategia, podrán ser buenas e incluso bienintencionadas, pero si analizamos qué posibilidades tiene de convertirse en realidad esa Alianza entre Occidente y el mundo árabe comprenderemos que no es más que una entelequia. ¿Quién duda de que la reforma democrática y la libertad son la mejor arma contra el fanatismo? Nadie. Como a nadie tampoco se le escapa que la democracia es, hoy, ajena a la práctica totalidad de esos países, gobernados por regímenes dictatoriales y genocidas. Mientras que en Occidente hemos creado, con verdadero esfuerzo y a un precio que costará creer a las generaciones de los próximos siglos, un sistema de valores universales como la separación de poderes, la democracia, el imperio del Derecho y la aconfesionalidad estatal, en el mundo árabe impera la confusión entre Estado y religión y crecen los seguidores de la interpretación más fanática de una doctrina religiosa cuya obligada contemporaneidad con Occidente nos haría retroceder a la Edad Media y al feudalismo. Por más vueltas que los que asesoran a Zapatero le den, no se defiende la democracia tratando de contentar a los dictadores. El reto que plantea el integrismo islámico apoyado por los peores gobiernos del mundo, no parece encontrar solución organizando encuentros con sátrapas en Naciones Unidas, sino presionando sobre sus dirigentes para que persigan a los terroristas islamistas, combatan la corrupción y avancen en los procesos de modernización. Mi parecer es que la única Alianza posible con una civilización opuesta a la occidental consistiría en ayudar a conducir hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos a todos esos países en los que el choque entre el fanatismo populista y los gobiernos sin legitimidad democrática está creando el caldo de cultivo de la violencia y el terrorismo. Hay que enfrentarse a los síntomas y causas del terrorismo: no basta con combatir sus «actos de barbarie» con nuevas medidas de seguridad, sino que hay que luchar también contra sus «ideas bárbaras». Una de las claves de la lucha contra el terror es mostrar la cara moderada del Islam y expandir la democracia a las naciones musulmanas.

Para ello me parece fundamental promover una Organización Mundial de las Democracias que asuma como su principal prioridad política hacer efectivas las normas jurídicas internacionales en materia de derechos humanos de tal forma que se eviten nuevas tragedias para gran parte de la población que habita el planeta. El objetivo del nacimiento de una Organización Mundial de las Democracias, tal y cómo lo defiende el Partido Radical Trasnacional de Emma Bonino y Marco Panella, es utilizar la institución como instrumento en el sentido de “declarar la guerra” a la causa profunda de los conflictos armados y de terrorismos que han ensangrentado gran parte del siglo pasado y que continúan caracterizando también el inicio del nuevo siglo, es decir a la ausencia de democracia y libertad para millones de personas que viven bajo regímenes dictatoriales y autoritarios, agregando al análisis y el desarrollo de las armas y de las estrategias militares tradicionales, la promoción de los derechos fundamentales del individuo y los valores democráticos como elección estratégica prioritaria para combatir y vencer de manera definitiva a quien atente contra la paz y la seguridad internacionales.

Todo ello, sin perjuicio del concepto de solidaridad del poderoso con respecto al débil, para lo cual se debería articular un sistema de financiación, de fiscalidad y de libertad de comercio del que espero escribir en futuros artículos.
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