31 agosto 2005
¿Monarquía o República? Democracia
En casi todos los países, en momentos considerados clave, como puede ser el tránsito de un régimen político a otro, se ha discutido sobre las ventajas y desventajas que ofrecen las dos formas de jefatura de Estado más conocidas: la monarquía y la república.
No fue éste el caso en España. La autoreforma del régimen, que en sus leyes fundamentales preveía al sucesor de Franco en la jefatura del Estado y la opción del Partido Comunista de abandonar la Junta Democrática, es decir, la opción rupturista a cambio de pasar por la "ventanilla de Arias" y obtener así la legalización, esterilizaron un debate que de haberse producido habría sido tan apasionante como necesario.
No fue éste el caso en España. La autoreforma del régimen, que en sus leyes fundamentales preveía al sucesor de Franco en la jefatura del Estado y la opción del Partido Comunista de abandonar la Junta Democrática, es decir, la opción rupturista a cambio de pasar por la "ventanilla de Arias" y obtener así la legalización, esterilizaron un debate que de haberse producido habría sido tan apasionante como necesario.
Que tenía que haberlo habido no implica sino que nuestra perfecta transición, aquella que hemos exportado con orgullo al mundo, quizá no estuviera preñada únicamente de bondades. Y que el resultado hasta hoy haya sido positivo no significa que no hubo fallos, pues los hubo, sin ninguna duda. Cuanto antes reconozcamos los errores, antes aportaremos las soluciones que todavía existen a nuestro alcance. Considero que el peor de todos nuestros errores consistió en ceder ante el nacionalismo y la sopa de letras en favor del inacabable título octavo y un sistema electoral que permite, entre otros aspectos, gobernar España a quienes abominan de su propia idea.
No es el momento de reabrir el debate monarquía-república, pues, además de lo delicadísimo del momento, lo importante no es conseguir un sistema u otro, sino que el elegido, designado o impuesto sea verdaderamente democrático. Ese es realmente el gran reto de mi generación, una segunda transición que perfeccione la primera instaurando definitivamente la democracia en España. Empecemos por lo que más apremia: terminar con el asedio nacionalista.
Para ello la monarquía no molesta. Por supuesto que si hubiera que constituir sobre la nada un Estado en el siglo XXI a casi nadie se le ocurriría nombrar un rey. Pero eso no significa que las monarquías no puedan reinar en países democráticos. Ansón, quizá el mayor monárquico de España, pone el enriquecedor ejemplo de que de los quince países más avanzados del mundo, diez son monarquías. Incluso el maestro Trevijano, el republicano "per excellence" de nuestro país, consejero de Don Juan de Borbón, y a quien por motivos de coyuntura política todavía no ha llegado el momento de hacerle justo honor a su aportación al pensamiento político español (y europeo), especialmente a su teoría de la democracia formal, llegó al pacto con quién poseía los derechos sucesorios para constituir una monarquía presidencialista, aspecto que aprobó, a petición de Don Juan, un constitucionalista tan consagrado como Maurice Duverger.
Lo importante no es qué forma adquiere la jefatura del estado sino cómo se ejerce el poder en su seno. La división de poderes es fundamental y el principio de representatividad también. En nuestras circunstancias, Rodriguez Zapatero está maniatado por los nacionalistas que representan un 2% de la población española. Es necesario arbitrar un sistema que impida tal aberración democrática. Existe el presidencialismo (EEUU), existe el parlamentarismo de diputado de distrito con sistema mayoritario (Reino Unido), existe el sistema pseudo presidencialista con sistema electoral de doble vuelta (Francia), existe el parlamentarismo con sistema electoral mixto (Alemania) y alguno más que permitirán que en este país se hable de algo más que de su extinción. No hay otra vía, se mire como se mire. No importa la jefatura. Incluso en este momento podría decirse que la monarquía ayuda más que entorpece a conseguir un sistema democrático y representativo. Es el momento de un pacto de Estado, que veo difícil por la poca talla de los líderes de la izquierda. Pudimos quejarnos los amantes de la libertad de muchas cosas de González y Guerra, pero al menos tenían un idea de España, equivocada en muchos aspectos (y corrupta en otros) pero en cuyo seno se concebía la existencia de nuestro país. La Historia nos dice que Cedió Suárez (concedió) en 1977 y 1979 con el independentismo. Que pactó y cedió González en 1993 y que lo mismo ocurrió con Aznar en 1996. Gobierno de España y genuflexión ante el nacionalismo es pleonasmo, cuya único objetivo es la independencia, por definición. El problema radica en que ya no queda nada por entregarles sin fracturar el Estado. Zapatero se encuentra ya en la frontera de dividir España.
Espero honestamente que mi generación comprenda la deformación de la voluntad general que supone la ley electoral española y propugne ya su reforma para que, empezando por los ayuntamientos y las comunidades y continuando después con el ámbito nacional, gobierne siempre la lista más votada (a través del sistema mayoritario o mixto) o se instaure la elección directa del poder ejecutivo.










