Luces y sombras para Juan Pablo II y Benedicto XVI, misterio cuasitrinitario, dos personalidades y una sóla doctrina sin cuya existencia difícilmente se entendería el último cuarto del siglo pasado. Porque difícil sería no reconocer la tremenda contribución a la causa de la libertad del hombre, del individuo, de la persona humana como gustan decir ellos, en un mundo anterior basado en la geopolítica y cuyos cimientos estaban siendo cimbreados por el nihilismo soviético. Difícil será no reconocer su postura frentista contra la teología de la liberación que tanto daño ocasionó en Sudamérica. Y complicado será, también, no agradecer el enérgico rechazo a uno de las mayores amenazas de las sociedades actuales: el posmoderno relativismo cultural y moral que se extiende en una mezcla de puro esnobismo e ignorancia atroz por el mundo que vivimos. Pero este mundo transitado ha cambiado. Y la Iglesia no. Y ha cambiado en el sentido de que se ha vuelto más exigente en la ambición de conquistar algunos derechos todavía en el aire o en los libros, pero no en las leyes, independientemente de que, en dicha lucha por la conquista de una nueva generación de derechos, se esté olvidando de defender la retaguardia de los derechos conquistados, algunos amenazados de muerte, como la libertad de conciencia y expresión y la democracia política. Pero la iglesia no ha cambiado. Quizá no deba por coherencia, quizá deba por supervivencia, pero no permitir el matrimonio de los sacerdotes, abominar de la homosexualidad, la eutanasia, el aborto y el matrimonio gay, anatematizar las investigaciones biogenéticas y condenar el uso del preservativo en sociedades infectadas de SIDA hasta los tétanos, es una postura que no parece discurrir el camino de los tiempos. ¿Reforma o Ruptura?. Difícil questión. En un primer momento el Iluminismo de la Revolución francesa barrió literalmente la religión católica del país, que gracias al jansenismo, no había permitido un pacto entre Reforma y Razón, al modo que Locke había conseguido para Inglaterra. Pero tan sólo unos años después, el genio napoleónico “si París bien vale una misa, Francia bien vale un Concordato” devolvió con fuerza de ley lo que subyacía de facto en la sociedad. En el siglo recién pasado, la comparativa está al alcance de quien tenga la inquietud de recabar información. ¿Cuál fue el resultado de la aplicación de veinte años de las doctrinas del Concilio Vaticano II? ¿Cuál ha sido el de Juan Pablo II? En su continuidad, ¿habrá reforma para el siglo XXI, o el inmovilismo causará ruptura?.
artículo escrito por lorenzo @
16:05